miércoles, 25 de mayo de 2016

TOMÁS ROMERO (II): "REMINISCENCIAS"


Tomás Romero



REMINISCENCIAS


Dum Dum. Dum Dum. Ese sonido le era familiar. El suelo vibraba, las hierbas se movían, los guijarros saltaban, orbitando frente a sus pies. Sacudió sus sandalias, le molestaba que le entraran los guijarros, le molestaba que se metieran entre sus dedos, aunque le recordaba que todavía podía sentir, y era la única parte de su cuerpo que podía mover.

Era temporada de lluvias, era el momento perfecto para cazar ya que los animales estaban en movimiento y tendrían que cruzar por el claro, donde él y sus pocos compañeros reposaban, escondidos, atentos, sabiendo que en su puntería, recaía la supervivencia en el invierno. Habían llegado tarde; las primeras manadas habían cruzado antes de que ellos llegaran, lo que los presionaba aún más. Esta presión cesó al ver las sombras que avanzaban lentamente desde el Este. Al tercer día, las sombras ya casi tenían forma y a medida que se formaban, lo hacía su esperanza. Su concentración se disolvió con el sentir de unas vibraciones del suelo y antes de que pudiera darse vuelta, sintió un estallido detrás de su hombro y se desvaneció con el ruido de su cabeza contra el suelo y un repiqueteo. Dum Dum. Dum Dum.

Volvió a despertarse, mojado, frío. Pensó que aún eran temporadas de lluvia, y ante el negro húmedo que cubría sus ojos, anhelo volver a ve, al menos una vez más. Intentó sacudirse, intentó gritar, sin éxito, no era más que un muñeco a la merced del viento. Escuchó como alguien entraba a la carpa, le daría de comer como cada día, agua rancia y lo que parecía una pasta más rancia aún. Pero no esta vez. Sintió como lo sostenían y lo llevaban fuera, bajo la lluvia, lo arrastraron lo que pareció horas, subieron, bajaron, y subieron aún más, y cuando pensó que nunca iba a terminar, se detuvieron. La luz inundó sus ojos y quedo ciego por unos minutos, hasta que vio, para desear no haberlo hecho y escuchó, lo que cada noche le despertaba entre sudor. Dum Dum. Dum Dum.

Frente a él, había, debajo, como pequeños animales, miles de personas, aullando, gritando y alzando sus brazos con insignias que le recordaban los tallados de los árboles. Volvía a estar atado, en una cama, pero horizontal, era una exhibición, una diversión, su entretenimiento. Varios hombres con mascaras bailaban frente a hogueras, donde se cocinaba carne que el nunca había visto antes, y todo el ruido se teñía con el fondo de dos hileras de tambores que parecían que nunca dejarían de tocar. Un hombre sentado frente a él se paró y dijo “Nahkil´we Dijz No Gano”. Y como si hubiera leído sus deseos se acerco a su cama y con la traidora luna, se metió en su pecho. Al ritmo que todo quedaba en blanco, él solo podía escuchar, sin distinguir cual provenía de cual, los sonidos de los tambores y la gente, que resonaban: Dum Dum. Dum Dum.


Tomás Romero nació el 19 de Mayo de 1997 
y es estudiante de Mecidina en Bahía Blanca, Argentina.



martes, 3 de mayo de 2016

TOMÁS ROMERO (I): "ACRA"



Tomás Romero


ACRA


Lo despertó la lluvia. Se vistió lo más lento que pudo, y miró a su izquierda, a su lecho, que se mantenía tan vacío como siempre y añoró poder recostarse y sumergirse de vuelta en su soledad; pero sabía que tarde o temprano el deber vendría a por él, así que decidió hacer lo que debía rápido para poder volver a dormir.

Abrió la puerta y salió a cubierta, en la popa de la misma, ya casi enterrado por la lluvia, estaba su hijo, que quien tras saludarlo glacialmente, siguió entornando su mirada fija y perdida hacia el mar. Antes de ir se le preguntó donde estaban los demás, a lo que este, sin desviar la mirada del mar, le respondió con chillidos y sonidos erráticos. El hombre se dio vuelta y se fue pensando “No puedo decirle nada, tiene los ojos de su madre”.

Encontró a su hija en la cocina, se sentó y peleó como cada día con ella por un hueso, finalmente se dejó vencer por el cansancio y la joven, satisfecha, gozó de su frugal trofeo en un rincón donde, sin que nadie la molestara, llenó sus fauces y manos de grasa. El hombre sin dejar de verla pensó “Me robó de nuevo, pero, ¿Qué puedo hacerle?, Tiene los ojos de su madre”.

El hombre agarró un puñado del contenido del saco que se escondía en el techo de la cocina y se despidió como cada día con un tímido gesto. Empezó a recorrer las distintas celdas, viendo y recordando a su paso, a sus lados, las cebras jugaban al póker mientras bebían en sus griales tallados, una mezcla cuyo olor repelía; los osos apuntaban sus cañas por las ventanas, sentados en banquitos pendientes de uno o tal vez dos hilos; los elefantes trabajaban en escritorios llenos de papeles y grandes máquinas y casi al final, las hienas miraban televisión y criticaban cada detalle. En la última celda, de este carnavalesco calabozo, estaba su mujer, sentada estática frente a la pared. Lo vio, y tras presentarse con su negra sonrisa, se abalanzó hacia él, entre alaridos y gritos, estirando sus brazos a través de los garrotes, intentando rasgar algo con sus uñas. Noé dejó la comida que había traído del saco en el lugar de siempre y se dirigió a su habitación, contigua a la celda; donde se recostó, pensando en lo cansado que estaba, y el hambre que tenía.




Tomás Romero nació el 19 de Mayo de 1997 
y es estudiante de Mecidina en Bahía Blanca, Argentina.