lunes, 31 de agosto de 2015

MARIO MELÉNDEZ IV


CONFESIONES


 


A César Vallejo


 


No estoy, no soy, no pertenezco


vago de lado a lado como un gran gusano negro


Mi corazón tiene sus propios piojos


mi historia es un collage de perros viejos


que no ladran por temor a desaparecer


Mi infancia me persigue con un cuchillo


me persigue con un palo sin golpearme


me persigue con retratos y con flores


que se pegan a mi sombra sofocándola


Será que todavía pienso


que los árboles crecen de noche


que la pluma canta más que el mismo pájaro


y que el pájaro mataría por ser pluma


Será que en mí la vida se deshuesa como un sapo


como un sapo que ya no salta, pero se arrastra


aúlla como un quiltro desahuciado


mientras la muerte le lame las axilas


y las ánimas rasuran el umbral del miedo


La muerte me persigue con su carretilla al hombro


se desviste lentamente para que yo la vea


y me saluda de vez en cuando


dando gritos de vieja ardiente


La muerte tiene cuerda para rato


y yo que conozco sus trucos


yo que conozco su voz


yo que le sé hasta el ladrido


yo que me parezco a ella


como un mellizo fiel y resignado


yo soy la muerte también


y desde ahora soy eterno


VUELO SUBTERRÁNEO

Soy el objeto que soy
y a veces también soy otro y estoy lejos
sentado en agua y tierra
y en el eco de las lenguas ardientes
Y duermo, sí, duermo la colosal aventura
de la palabra humana acuchillada y ebria
sangrante en el recuerdo de los muertos
que parecieran venir de adentro
y sollozaran al verme escribir sus nombres
Y ahora, cuando sale de mi boca
esa tonada de lluvia y sol mojado
me recuesto por todas partes y respiro cicatrices
y recojo las migajas que le sobran a mi alma
y tengo frío
y me despierto en medio de las rosas
sin entender quien vive o ama todavía
Por eso es que mi ombligo no tiene edad
y sigo esperando el día de los besos perdidos
aún cuando mis uñas no tienen ganas
y mi cabeza está más triste y oscura que nunca
aún cuando mis sueños son anónimos
y mis huesos ya no encuentran
el murmullo de los siglos
Y vuelvo a deletrear cenizas
y vuelvo a perseguir mi sombra
y a este árbol que agoniza entre mis dedos
lo enterraré conmigo
y volaremos en espiral
como los dientes de algún resorte
y moriremos juntos, sin ataúd
como las cuerdas de una guitarra olvidada
y moriremos por siempre y será un premio
un premio a nuestros pies y a nuestra médula
un premio a nuestra antología de vidrio
Y lloraremos gusanos y lloraremos ratas
y lloraremos hormigas sin fecha y gatos de luto
y lloraremos sonrisas en los ojos ajenos
y negros bosques
donde una flor se arrancará los cabellos
Porque este cielo aún no me conoce
aún no oye el acorde que llevo en los sesos
no me conoce, y soy el objeto que soy
y a veces también soy otro y estoy lejos
y me extiendo por muros y calles
y pueblo estrellas
y dejo la luna en la mesa, sin avisar
y me emborracho a la salud de nadie
y me despierto en medio de las cruces
con una vigilia de araña
y con un beso dedicado a cada muerto
y a cada muerto un abrazo y un latido de tumba
y a cada muerto un suspiro
un trozo de mi antiguo corazón
que se derrama como un río de gemidos









QUÉ DEBO HACER PARA CANTAR


Qué debo hacer para cantar

si a veces se me pierde el grillo

que llevo adentro

se me desprende la campana

el timbre, el ave

y sólo me queda el latido

de algún jilguero en la memoria

luchando por desatar su melodía

sobre las alas del abecedario


Y cuando encuentro al fin mi flauta

en un estanque del tiempo

se me oscurece la garganta

de pensar a quién

a quién, a quién

dirigiré las notas

de este arcoiris sin luz

de esta ampolleta mal colocada

y casi siempre insatisfecha


Preferiría escuchar por las tardes

a una gaviota sentada en mi cuaderno

jugando a ser paracaídas

en los espacios en blanco

o repetir el grito de unos bigotes

al ser arrancados

de su lugar de origen


Preferiría el sonido de un huevo

sacando la lengua al aceite

apresurado por entrar a la boca

de mil mujeres sin dentadura


Entonces recuerdo

que llevo pegada una mosca

al tímpano del alma

ella se reproduce en mis sueños

y no es violín

porque en la muerte desafina

y se le rompen las cuerdas

al detenerse en la sangre



Mario Meléndez (Linares, Chile, 1971). Estudió Periodismo y Comunicación Social. Entre sus libros figuran: Apuntes para una leyenda, Vuelo subterráneo, El circo de papel y La muerte tiene los días contados. En 1993 obtiene el Premio Municipal de Literatura en el Bicentenario de Linares. Sus poemas aparecen en diversas revistas de literatura hispanoamericana y en antologías nacionales y extranjeras. A comienzos del 2005 obtiene el premio "Harvest International" al mejor poema en español otorgado por la University of California Polytechnic, en Estados Unidos. Parte de su obra se encuentra traducida al italiano, inglés, francés, portugués, holandés, alemán, rumano, búlgaro, persa, catalán, macedonio y griego. Durante cuatro años vivió en Ciudad de México, donde dirigió la serie Poetas Latinoamericanos en Laberinto ediciones y realizó diversas antologías sobre la poesía chilena y latinoamericana. Actualmente radica en Italia. A comienzos del 2013 recibe la medalla del Presidente de la República Italiana, concedida por la Fundación Internacional don Luigi di Liegro. Una selección de su obra acaba de aparecer en la prestigiosa revista Poesia de Nicola Crocetti. Es considerado una de las voces más importantes de la nueva poesía latinoamericana.

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