miércoles, 6 de mayo de 2015

"Materna": hacia donde fuga el paisaje (por Álvaro Luquín).



Materna: hacia donde fuga el paisaje



Hazlo nuevo, dijo Ezra Pound…

Estoy cansado de estar muerto y ser, Juan Eduardo Cirlot…




Siempre me he preguntado, ¿a dónde fugan esas negras esferas que aparecen cuando olvido acontecimientos y personas? ¿A dónde fuga el tiempo cuando, separado de sus goznes, nos arrastra hacia donde todo se redefine en su ruina?

Materna me hizo pensar en el ángulo que se abre hasta ser casi imperceptible. Un ángulo cuyo grado va más allá de la medición y se desvanece “en el giro probatorio de los días” y se convierte en el “punctum” donde la memoria deviene en un sueño ajeno.

Dice Clement Rosset que un objeto es el doble de un objeto real imposible de aprehender, de concebir (a falta de modelo), por lo que me pregunto, ¿en qué punto se sitúa Ignacio Uranga para manifestar esa especie de antepalabra tan precisa en su construcción?




“Lírico e iluso, lo reconozco, de refucilos
corte psicotrópico y suspenso, acaso: un
fondo, extraño, de signos personales que
háblenme y convocan (…)”



Cuando intento escribir sobre un libro, siempre (inconscientemente), me formulo preguntas y respuestas a mí mismo, al escritor, al fragmento, sea como sea, intento avanzar sin esperanza pero al mismo tiempo sin miedo, cosa que es y a la vez no es posible en este libro. Existe el temor de hundirme como la “aristotélica Ophelia”, porque al leer Materna, recuerdo que todo es sorpresivo y a la vez conocido, como las caderas del amor se desvanecen al contacto de la amada y se transforman en el sino de la angustia.



Tubos clínicos, suero, gotas de sangre, rojo fuego, fucsia, bronce y mármol negro.
Ophelia sobre el río de sábanas blancas, sobre el negro del cáncer, sobre lo irremediable de su materia. La madre detenida, voltea en sueños y tranquila deviene en Ignacio para avecindarse en un Stalingrado de magnolias; luego se desplaza a Kentucky, California, Tenesse o Manhattan como  “inquina y duelo defogonazo (…)” en una lengua anglosajona no hablada.


Muchas veces la oscuridad, el hermetismo, hace que el lector se quede un paso atrás o adelante del sentido; en Materna no es así y a la vez lo es. Hay una construcción donde el lenguaje es amasado hasta que cada punto cambia de extremo; permutaciones meditadas, claras, precisas; no existe afán de sorprender ni de abusar del método, porque no hay método alguno: “urdimos algo que decir, cuando jamás pensamos qué y dijimos demasiado”; como Trakl George en Grodek, arrasado en nervios se desploma entre atardeceres, hastiado, feroz, afectado por las experiencias monótonas de otoño, aún sigue sostenido de la intermitencia , como lenta escritura deshojando espejismos  de algún roble.


¿Será preciso hablar de esperanza, cuando  todo por ser inconsecuente pasa y roza las fronteras de un Lower Manhattan, de un cruel Abril donde StearnThomas, en los cuidados intensivos de  Ophelia y Clara, disputa el significado o la finalidad del alcance de su escritura? Hay algo o más bien nada, cuando uno se hunde hasta las profundidades para emerger con los ojos inyectados de sangre a descubrir que todo sigue igual, que la memoria no pesa en los acontecimientos y al final no le queda de otra que rogar a Bennu, el egipcio, al antiguo Bennu egipcio: “donde acaso fueres: seas en mí, sé en mí”.




*Texto leído y preparado por Álvaro Luquín en Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México.











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