martes, 29 de julio de 2014

ARTURO CARRERA II


El Gran Vidrio




El Gran Vidrio a tus espaldas,
no enfrentado;



silencioso,



para que puedas ver soñando
el astillado: la eterna sumisión
del arte a la naturaleza.



Y su entera acción, la belleza,
surge donde el artífice dice sí a lo imprevisible.



El “no” se vuelve su óleo de serpiente,
su abolido resplandor en esa noche
que ni discute ni promete.



Su desmedido infortunio está
en ese seguro transparente instantáneo:



Seguro que no lo ves si lo tenés enfrente.



...porque fabrica la reminiscencia,
su insistente  recuerdo laborioso,



La alegría en la ondulante dimensión
del augurio: de copiar la única  manera
de desaparecer en tu cuerpo,
ahora que reinventa la cara que pudo retroceder
y desvanecerse
otra estrella,



su detallada fascinación.



Eso significa que no puedo
escribir. Que todo cae
con su ligera forma
en la ilusión de verte llegar,
o en la sospecha de que si vinieras
todo se despeñaría en cada división de la luz
y del instante que te anuncia.



Novia de los mil solteros y uno…



Ajena posesión,
mismo infinito inmóvil,
alterable.



Sistema discontínuo que todavía busca
una mota de color,
una diáfana prueba
en la injusta apariencia.



La inaceptable intimidad de la espera
tiene la respiración de toda ausencia.



No puede disminuir la cantidad de sosiego
tu cara  despeñándose en mi memoria.
Beatitud,  si eso significara hoy
como mañana la hermosura
en el recuerdo corruptible,



buscado por llamados del pensamiento,
pasión que burila y  modela
cada instante,



cada molinillo marrón
tiene en su memoria de piedra
tu forma
y te destruye.



Llegarías como antaño,
como partiste hace un instante. De ese viaje
en que los adolescentes se despiden con abrazos y besos,
para separarse un momento, de la cocina
al dormitorio.
Beso y deseo:
también casi corruptibles,



sueltos, alineados según cada dolor, cada “tiempo”
cada  discreta consecuencia de melancolía
y temor.



Pero allá también te espera el vidrio como olvido.
También te confunde allá
su destrucción imperfecta.



Aquí en cambio,
en el monasterio de los solteros celos
la cara de tu madre vuelve
por agua, por fosca beatitud



indiferente.



Y en los marmóreos párpados saltan
del umbral quejumbroso
las muchachas que lastimaron apenas tu corazón 
pero que con tu lengua que se mueve
invisiblemente en la silenciosa lectura
han restaurado la “luz”



sí, esa “luz” de Iris
(que en el sentido ahora,
como otras tantas veces, falta...)



la luz resquebrajada en la tela del aire



“...lo que ves es el Gran Vidrio.“

Su verdad,



su verdadera mentira


en la continua palabra que se aleja.




*Para leer más poemas de Arturo, 
pinchad el siguiente enlace.  














martes, 15 de julio de 2014

ANDRÉS MONTENEGRO





I


Si tuve sueño o no
si me perdí o te encontraste
si pude hallar el túnel
al final de la luz
si fue la fe o el dolor
lo que apagó las voces que llamaban
si amanecía en Yemen
o era el fulgor de una bomba lejana
 si estaba allí
o imaginé
si hubo algún libro en la mochila
del niño aquel
que se inmoló en el portal de la embajada
si alguna vez él jugó a la pelota
si tuvo sueño o no
si se perdió o te encontraste
si pudo hallar el túnel
al final de la luz
si fue la fe o el dolor
lo que apagó las voces que llamaban
si amanecía en Yemen
o era el fulgor de una bomba lejana
si estaba allí
o imaginó
y así infinitamente.




XI


In Memoriam Charles


Despertate Charles
son las cuatro de la tarde .ya se-
la resaca te aplasta
llamaste a mi puerta pidiendo una copa
donde pasar la noche
me hablaste de las putas y de las otras
siete maravillas del mundo
juramos no decir sobre la muerte
solo que ahora estás sumido en la profundidad
del sueño
y yo no puedo escribir
una sola palabra sin nombrarte.




 *De “Memoria y alma humana”







Andrés Montenegro nació en Bahía Blanca el 6 de mayo de 1985. Participó de la antología poética “Los siete magníficos” (Colectivo Semilla 2010). Publicó “Umbrales”- Narrativa (Rigor Mortis Ediciones 2011). Actualmente trabaja en “Otoño en si bemol”, una conspiración neobarriosa, junto al poeta Daniel Martinez y el pintor Sergio Santini. Hamaca paraguaya es su primer libro de poesía publicado. 


jueves, 10 de julio de 2014

ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR




ANIVERSARIO


Me levanto, aún a oscuras, para llevar a arreglar unas ruedas del auto, que sigue roto,
Y al regreso, cuando ya ha brotado el hermoso y cálido día,
Te asomas a la ventana que da al pasillo de afuera, y me sonríes con tus ojos achinados del amanecer.
Poco después, a punto de marcharme para ir a revisar unos papeles,
Te veo cargando cubos con nuestras hijas,
Porque hace varios días que no entra agua, y estamos sacando en cubos la poca que haya en la cisterna del edificio,
Y aunque tengo ya puesta la guayabera de las reuniones, y en una mano la maleta negra que no debo soltar,
Ayudo algo, con la otra mano, mientras llega el jeep colorado,
Que demora poco, y al cabo me arrastra de allí: tú me dices adiós con la mano.

Tú me decías adiós con la mano desde este mismo edificio,
Pero no desde este mismo apartamento:
Entonces, hace más de veinte años, no podíamos tener uno tan grande como este de los bajos.
El nuestro era pequeño, y desde aquel balcón que no daba a la calle,
Pero que yo vislumbraba allá al fondo, cuando cruzaba rápido, en las mañanitas frías, hacia las clases innumerables de introducción al universo,
Desde aquel balcón, allá al fondo, día tras día me decías adiós, metida en tu única bata de casa azul, que iba perdiendo su color como una melodía.

Pienso estas cosas, parloteando de otras en el jeep rojo que parece de juguete,
Porque hoy hace veintidós años que nos casamos,
Y quizá hasta lo hubiéramos olvidado de no haber llegado las niñas (digo, las muchachas) a la hora del desayuno,
Con sus lindos papeles pintados, uno con un 22 enorme y (no sé por qué) dos plumas despeluzadas de pavorreal,
Y sobre todo con la luz de sus sonrisas.

¿Y es ésta la mejor manera de celebrar nuestros primeros veintidós años juntos?
Seguramente sí: y no sólo porque quizá esta noche iremos al restorán Moscú,
Donde pediremos caviar negro y vodka, y recordaremos a Moscú y sus amigos, y también a Leningrado, a Bakú, a Ereván;
Sino sobre todo porque lo celebraremos con un día como todos los días de esta vida,
De esta vida ya más bien larga, en la que tantas cosas nos han pasado en común:
El esplendor de la historia y la muerte de nuestras madres,
Dos hijas y trabajos y libros y países,
El dolor de la separación y la ráfaga de la confianza, del regreso.
Uno está en el otro como el calor en la llama,
Y si no hemos podido hacernos mejores,
Si no he podido suavizarte no sé qué pena del alma,
Si no has podido arrancarme el temblor,
Es de veras porque no hemos podido.

Tú no eres la mujer más hermosa del planeta,
Esa cuyo rostro dura una o dos semanas en una revista de modas
Y luego se usa para envolver un aguacate o un par de zapatos que llevamos al consolidado;
Sino que eres como la Danae de Rembrandt que nos deslumbró una tarde inacabable en L'Ermitage, y sigue deslumbrándonos:
Una mujer ni bella ni fea, ni joven ni vieja, ni gorda ni flaca,
Una mujer como todas las mujeres y como ella sola,
A quien la certidumbre del amor da un dorado inextinguible,
Y hace que esa mano que se adelanta parecida a un ave
Esté volando todavía, y vuele siempre, en un aire que ahora respiras tú.
Eres eficaz y lúcida como el agua.
Aunque sabes muchas cosas de otros países, de otras lenguas, de otros enigmas,
Perteneces a nuestra tierra tan naturalmente como los arrecifes y las nubes.
Y siendo altiva como una princesa de verdad (es decir, de los cuentos),
Nunca lo parecías más que cuando, en los años de las grandes escaseces,
Hacías cola ante el restorán, de madrugada, para que las muchachas (entonces, las niñas) comieran mejor,
Y, serenamente, le disputabas el lugar al hampón y a la deslenguada.

Un día como todos los días de esta vida.
No pido nada mejor. No quiero nada mejor.
Hasta que llegue el día de la muerte.







Roberto Fernández Retamar (La Habana, 1930) nació en el barrio La Víbora de la capital cubana. Comenzó a estudiar pintura y arquitectura, pero terminó Humanidades en la Universidad de La Habana (1948-52), donde más tarde se doctoró en Filosofía y Letras (1954).
Gracias a una beca, profundiza sus estudios en las universidades de La Sorbona y de Londres; en la de Yale ofreció un curso sobre literatura hispanoamericana y en las de Praga y Bratislava dictó conferencias sobre literatura hispanoamericana.
Ha sido director de la Nueva Revista Cubana (1959-60) y de la revista Casa de las Américas (desde 1965). En 1977 funda –y dirige hasta 1986- el Centro de Estudios Martianos. En 1985 se convierte en miembro de la Academia Cubana de la Lengua. Ha ocupado cargos políticos como lo de diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba (1998) y miembro del Consejo de Estado. Ha sido jurado de premios literarios prestigiosos.


En la Editorial Electrónica Cubaliteraria (Portal del Instituto Cubano del Libro), además de otros poemas, fotos y una extensa cronología, podemos leer un pequeño ensayo sobre Alfonso Reyes.