miércoles, 8 de enero de 2014

Aníbal Cristobo (2)

EL JEFE DE OPERACIONES DEL CÁUCASO

I
"Soy despiadado" les dijo a las bolsas de harina del galpón
antes de que el Schnauzer le atravesara la mejilla
con los dientes: lo arreó la abuela
entre dos hileras de abetos que con los años se convertirían
en su cordón de seguridad, con raíces que luego serían
la confianza en sus intérpretes armenios, bajo nubes
que nunca dejarían de ser nubes, hasta la casa
del profesor de canto. Había polillas, ramos de
coliflor, trampas para nutrias y un par de remos despintados en la
cocina, como un cuento de ogros
arruinado por el azar entrópico.
"Allí entendí que curarse sólo es estar listo
para la venganza". Le pusieron laurel
para cicatrizar mientras Tarek se cebaba con las
espinillas, escupiendo maldiciones aún no conocidas. Aquí se ve
la marca, a mitad de camino
entre la muela del juicio y el incisivo superior derecho.



II
Una temporada de superproducción de
naranjas lo alejó del Gran Teatro del
Cáucaso. Le indignaba el atraso
de la región en materia de tranvías: por él,
se hubiera abierto la camisa a pesar del asma, y le hubiera sonreído
a la posteridad como una estatua
móvil, repartiendo los panfletos de la huelga
portuaria. Satisfecho, se veía crecer en la sagacidad
con que lo estafaban, entre palmadas cómplices,
los del sindicato.





III
Entró en Georgia como un precio conveniente
para viudas. Había que restablecer los trazados
sin dinamitarlos; y dinamitarlos
sin que cayeran los pétalos sobre el estanque: los viejos
buques florecían cargados de plasmas
donde volvía a ver a su hermano en el
despeñadero ¿Fue en un hotel vienés, o en
este laberinto entre el Negro y el Caspio, donde
asaba las cabras sobre una alfombra púrpura? Se
arengaba como un entrenador mongol
lo hubiera hecho, como se lee en sus
prospectos publicitarios.




IV
En la frontera se vició en
kéfir y frutos salvajes, se acompañó
de todas las tablas de cotización. Fue
un corazón ahumado, lleno
de barro; incluso antes de que lo recluyeran
en la isla del triunfo ya había introducido todo
lo que la revolución minimalista borraría con
la tecla de los noventa: el serif
de las carnicerías, los muebles laqueados y las montadoras
de souvenirs. "Un buen trato nunca está totalmente
cerrado", dijo, mientras las fracturas
se multiplicaban en sus territorios. Días más tarde
hubiera querido agregar algo, encerrado en el vagón
frigorífico. En cambio, contó lentamente
hasta uno, ayudado por los botones
del abrigo. Hubo esa luz espesa, ahogándose detrás del matorral. Fue lo
último, antes de que se hiciera de noche.-

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